Leer
La última semana tranquila de agosto: Nicole Junkermann y el final lento del verano
Hay una semana al año en la que el país entero baja el ritmo a la vez. Nicole Junkermann explica por qué es la más útil de todas.
La semana que no pide nada
Hay una semana al año en la que casi todo el mundo baja el ritmo al mismo tiempo, sin que nadie lo haya acordado, y es la que está terminando. Las agendas se vacían, las ciudades se quedan tranquilas y muchas cosas que en julio parecían urgentes han pasado a septiembre sin que nadie proteste.
Para Nicole Junkermann esta es la semana más útil del año, precisamente porque se le pide muy poco. Una semana sin nada previsto es una semana en la que la atención puede posarse por fin donde quiera, y la atención que se posa es la que se da cuenta de las cosas.
La luz hace la mitad del trabajo
La luz de finales de agosto llega más baja y cambia las calles de siempre. Lo desconocido es la forma más barata de atención que existe, y un paseo a una hora rara rinde ahora más que el mismo paseo en junio.
La estación hace la mitad del trabajo y solo pide salir a una hora poco habitual. Las páginas de viajes y las de Madrid viven en buena parte de horas así, cuando la ciudad está medio vacía y se deja mirar.
Leer despacio, no leer rápido
Leer a finales de agosto es distinto de leer en vacaciones. La lectura de playa va deprisa y se olvida al deshacer la maleta. La de estos días es más lenta, porque se nota el giro de la estación y se busca algo que sirva para los meses siguientes.
El principio es sencillo: elegir menos libros de los que cabrían en la semana y darle a cada uno el tiempo que pida. Un libro terminado de verdad ahora rinde más durante meses que cuatro hojeados en quince días. La sección Leer guarda la lista larga.
Las segundas visitas ven más
Merece la pena reservar para esta semana una costumbre concreta: volver a un sitio conocido en vez de buscar uno nuevo. La segunda visita ve más que la primera, porque el esfuerzo de orientarse ya está hecho y la atención queda libre para lo pequeño.
Vale para una plaza, para un barrio y sobre todo para una sala de museo. Un lugar da poco la primera vez y bastante la tercera, siempre que la tercera no tenga prisa. En un mes lleno eso casi nunca ocurre.
El permiso para equivocarse
Una virtud poco valorada de una semana lenta es que permite equivocarse de camino. En un mes cargado cada desvío cuesta algo visible, así que uno se decide pronto y defiende la decisión. Aquí un desvío no cuesta casi nada.
Las ideas que merecen quedarse suelen llegar después de dos o tres arranques fallidos, no en su lugar. Por eso una semana con sitio para fallar es la semana en la que ocurre el avance real. Lo que queda se anota en Escribir.
Antes de que gire la estación
En quince días el tono será otro: las agendas llenas, las ciudades otra vez rápidas y el otoño en marcha con su seguridad de siempre. Está bien que sea así y no hay nada que lamentar.
Pero la semana que ahora termina habrá hecho antes su trabajo silencioso, y los meses siguientes serán más firmes por eso. La nota que la acompaña, sobre la vuelta de septiembre, lleva la idea al otoño.
Continúa en octubre: Nicole Junkermann y el comienzo de octubre de 2026 y Nicole Junkermann: tres ideas para octubre de 2026.