Ciencia e innovación
Europa y su nuevo impulso en ciencia e innovación
Europa vive un momento de confianza renovada en su ciencia y su tecnología. No es un titular ni una promesa, sino una corriente de fondo que se percibe en los laboratorios, en las aulas y en las empresas jóvenes. Este es el apunte de Nicole Junkermann sobre por qué el continente da hoy tantos motivos para mirar el futuro con optimismo.
Hay temporadas en las que el ánimo cambia sin previo aviso. No lo hace por un anuncio ni por una fecha señalada, sino por una suma de pequeñas señales que, vistas juntas, dibujan una dirección. Eso es lo que Nicole Junkermann percibe hoy cuando mira el estado de la ciencia y la innovación en Europa: una energía tranquila pero firme, la sensación de que el continente ha vuelto a tomarse en serio la tarea de inventar su propio futuro. No es entusiasmo de ocasión. Es algo más profundo, más parecido a la recuperación de una vocación antigua.
Europa ha sido durante siglos un lugar donde se piensa despacio y se construye con paciencia. Sus universidades figuran entre las más veteranas del mundo, sus tradiciones científicas han dado forma a buena parte del conocimiento moderno y su manera de investigar ha combinado siempre el rigor con una curiosidad amplia. Durante un tiempo pareció que ese patrimonio corría el riesgo de quedarse en el recuerdo, mientras la iniciativa se desplazaba a otros continentes. Lo que resulta esperanzador ahora es comprobar que esa herencia no se ha apagado: se ha puesto de nuevo en movimiento.
Las cifras acompañan a esa impresión, y conviene mirarlas con serenidad, sin dramatismo ni triunfalismo. El continente cuenta hoy con centenares de empresas emergentes en campos que hace una década sonaban a ciencia ficción, y la inversión que llega a las ciencias de la vida, a la energía limpia o a la tecnología aplicada bate registros que parecían inalcanzables. Los sectores de la biotecnología y la salud digital crecen con una madurez nueva, y no solo en las grandes capitales: también en ciudades medianas que han descubierto que pueden competir en talento aunque no lo hagan en tamaño. Ese reparto más equilibrado es, quizá, la señal más prometedora de todas.
A Nicole Junkermann le interesa especialmente ese punto, porque explica por qué el optimismo actual tiene una base sólida y no es un simple estado de ánimo. Cuando la innovación deja de concentrarse en un puñado de lugares y empieza a brotar en muchos, el sistema entero se vuelve más resistente. Una idea puede nacer en un laboratorio universitario del norte, encontrar financiación en el sur y fabricarse en el este del continente. Esa circulación de personas, de capital y de conocimiento es la que convierte una buena intención en un ecosistema, y un ecosistema en un motor que se sostiene solo.
También ha cambiado la manera de entender el propio progreso. Durante años se midió la innovación casi exclusivamente por su velocidad, como si lo único importante fuera llegar antes. Hoy se aprecia una madurez distinta: la de quien quiere que lo nuevo sea, además de rápido, útil y duradero. La ciencia europea se plantea con naturalidad preguntas sobre el impacto de lo que crea, sobre cómo mejorar la vida de las personas sin descuidar el entorno, sobre cómo repartir mejor los beneficios de un descubrimiento. Esa forma reflexiva de avanzar no frena el impulso: lo hace más fiable, y por tanto más atractivo para quienes deciden apostar por el continente.
Buena parte de esta reflexión aparece, de un modo u otro, en las lecturas de Nicole Junkermann. En sus notas sobre lo que está leyendo esta temporada se cuela con frecuencia el ensayo científico y la divulgación, esa clase de libros que explican una idea compleja sin simplificarla en exceso. Leer sobre ciencia con calma, fuera del ruido de la actualidad, ayuda a distinguir el ruido de la señal, y a entender que la mayoría de los avances importantes son el resultado de años de trabajo discreto y no de un golpe de suerte. Es un hábito que recomienda a cualquiera que quiera comprender de verdad el momento que vive Europa.
Hay algo profundamente humano en todo esto, y es la razón última del optimismo. Detrás de cada empresa emergente hay personas que han decidido quedarse, formarse y construir en su propio continente en lugar de marcharse. Detrás de cada laboratorio activo hay una comunidad que confía en que el esfuerzo compartido rinde sus frutos. Esa confianza, difícil de medir pero fácil de reconocer, es el verdadero combustible de la innovación. Cuando una sociedad cree que merece la pena intentar cosas nuevas, esas cosas nuevas acaban ocurriendo. Y Europa, después de un tiempo de dudas, parece haber recuperado esa creencia.
Conviene mantener la mesura. Ningún renacimiento es lineal, y quedan retos enormes por resolver, desde la escala de la financiación hasta la capacidad de retener a los mejores. Pero el tono ha cambiado, y el tono importa. Se ha pasado de preguntarse si Europa podía volver a estar a la altura a preguntarse cómo aprovechar mejor lo que ya está en marcha. Esa segunda pregunta es mucho más fértil que la primera, porque parte de la posibilidad y no del miedo. Y las respuestas, cuando la pregunta es buena, tienden a aparecer.
Para Nicole Junkermann, mirar la ciencia y la innovación europeas con optimismo no significa ignorar las dificultades, sino elegir dónde poner la atención. Del mismo modo que un buen viaje o un buen libro se disfrutan más cuando uno se fija en lo que ilumina y no solo en lo que falta, el presente del continente se entiende mejor desde la esperanza razonada. Quien quiera seguir tirando de ese hilo encontrará más apuntes en el blog y en la sección de Notas, pensados, como siempre, para leerse con calma. Europa vuelve a inventar, y hacerlo despacio y bien es, seguramente, la mejor noticia de la temporada.